Hace cuatro años que ingrese a la universidad, específicamente una universidad pública. En un país en las que existen más de noventa universidades, ingresar a una universidad no es gran cosa en parte porque existe una gran gama al acceso del consumidor: Hay universidades privadas carísimas que ofrecen una excelente educación como universidades privadas cuyo único fin es sacar dinero del bolsillo del usuario.
A las universidades públicas también se puede aplicar lo anteriormente escrito, sin embargo la variable monetaria se deberá transformar en cuanta importancia le da la universidad a la facultad, y a la capacidad de gestión que pueda realizar sus funcionarios.
En el caso de la carrera de derecho, hay una gran saturación respecto de profesionales en esta área, debido a la indiscriminada creación de facultades en todo el país, sin medir el radio de acción para los egresados. Las razones son muchas por la cual la gente elige esta carrera: El aura de prestigio que se crea alrededor tuyo (siempre y cuando estudies en una universidad con cierto prestigio), las posibilidades de ascender socialmente, la búsqueda de un futuro mejor, la creencia de que la carrera es solo estudiar leyes y buscar la justicia, entre otras cosas más.
Tal vez el principal problema no radica en los motivos de la gente sino en la forma de enseñar el Derecho. Desde que ingrese a la universidad, cada día me desilusiono de esta carrera, debido a las grandes discusiones doctrinarias, bizantinas en muchos casos, que en vez de solucionar el problema, los empeora.
Un claro ejemplo es la eterna discusión sobre si el “acto jurídico” o “negocio jurídico”, doctrina que para muchos abogados es el pilar del derecho civil. El acto jurídico esta definido por el Código Civil de 1984 como: “La manifestación de voluntad destinada a crear, regular, modificar o extinguir relaciones jurídicas. Para su validez se requiere: agente capaz, objeto física y jurídicamente posible, fin lícito y observancia de la forma prescrita bajo sanción de nulidad” (Art. 140).
Otras personas deciden llamarlo negocio jurídico aduciendo que la palabra “acto” no abarca todo lo “jurídico”, inventando beneficios inexistentes y creando discusiones que terminan desilusionando cada día más al estudiante.
Hasta ahora me pregunto ¿Para qué sirve ambos conceptos? ¿Cuál es su finalidad? ¿Ayuda a resolver el problema? Lo anteriormente descrito responde a la figura de un contrato, cosa que cualquier persona puede realizar y que realiza en su vida diaria, que tenga relevancia “jurídica” dependerá de cuán importante sea proteger este contrato.
Cuando uno desea trasladarse de un lugar a otro, realiza un contrato porque pagas al cobrador o al taxista el monto acordado, y sin embargo no tiene relevancia para el derecho. Otra cosa es pagar un boleto de avión en primera clase, debido a que el monto desembolsado es grande y la lógica es que alguien o algo deberán tutelar este contrato, es ahí que aparece lo “jurídico”.
Otra forma de desenmascarar esta discusión es que las nociones de acto o negocio jurídico aparecieron hace dos siglos exactamente en algún lugar de Alemania, en una época en que catalogaron el derecho como ciencia y no se les ocurrió mayor forma que comenzar a catalogar que es jurídico y que no. La existencia del contrato se remonta a tiempos inmemoriales en la cual el hombre debía intercambiar sus productos para poder sobrevivir y desarrollarse.
El mundo ha vivido de contratos, sin la necesidad de que esto sea explicado con supra conceptos vacios y vanos; que en su intento de explicar la realidad solo la distorsionan.
Hasta ahí hemos visto con un ejemplo como los abogados- en su mayoría- vive de abstracciones, imaginan mundos que no existen y tratan de justificarlos mediante supra conceptos que no ofrecen nada novedoso y que finalmente aburren y cansan al estudiante. Tal vez es por ello que el abogado siempre ha sido ridiculizado en la historia de la literatura y el arte como seres despiadados, ladrones de saco y corbata que abusan del cliente y lo aprietan hasta que suelte el último centavo amparados bajo las leyes, que son interpretadas a su modo.
Otra gran desilusión que emana de estudiar Derecho es la estructura de valores que cada profesor trata de darte, valores que buscan un mundo ideal, libre de impurezas y con cierto tufillo a la palabra “social”, en la que se trata de formar paladines que luchen por la paz y la justicia (en mi caso no lo han logrado todavía). A medida que uno avanza el dilema ético, pasa a segundo plano muchas veces arrinconado en algún sitio olvidado de nuestra mente.
A mi parecer el abogado no debe generar más conflicto, sino resolverlos de manera eficiente y que ambas partes se sientan satisfechas, sin que haya algún tercero que se entrometa en estos acuerdos y decida qué es lo “justo” o si se ha violado “derechos fundamentales”, argumentos en las cuales se basan muchas políticas intervencionistas.
Pienso de igual forma que el derecho no es ciencia ni lo será nunca puesto que no tiene un método para ser analizado, ni las herramientas para poder desarrollarse. Leyes que hoy pueden estar vigentes, tal vez mañana no lo estén y miles de libros que se escribieron acerca de ellas podrán tirarse a la basura (aunque el reciclaje podría ser una buena opción).
El derecho solo es técnica, una forma de entender al mundo a partir de varios supuestos que puede darte un caso en concreto, aplicando a ello el “sense common” de manera racional. Legislar, interpretar y solucionar nacen de la experiencia y de la adecuada formación de la persona, no nace de aprender doctrinas y de divagarlas en los pasillos de una facultad. Quien piense que solo aprender leyes y saber aplicarlas ya es abogado, se equivoca; va más allá de eso sino tambien de aprender otras ramas del conocimiento. El abogado es un hombre de mundo, tan mundano que es a partir de su nivel de roce social, la clave de su desarrollo.